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Maradona, adiós a una leyenda que también dejó huella en Alicante

J. A. SOLER / @jasoler65

Agosto de 1981. Siendo un adolescente me dirijo al estadio Rico Pérez. Entrenaba la selección argentina, vigente campeona del mundo, que contaba en sus filas con Diego Armando Maradona y al día siguiente jugaba contra el Hércules un amistoso que serviría para inaugurar la nueva iluminación del coliseo alicantino con vistas al Mundial del año siguiente en el que iba a ser sede.

El entrenamiento de la Albiceleste terminaba cuando Maradona, Pasarella, Ramón Díaz y cía se dirigieron a la portería del fondo norte para poner a prueba al Pato Fillol. El Pelusa las metía todas por la escuadra mientras el portero argentino, que después jugaría en el Atlético de Madrid, se limitaba a contemplar el espectáculo de su compañero.

En su último disparo, el balón dio en la cruceta y se fue por arriba hacia la grada del fondo norte, justo donde me encontraba. El «Tango» cayó a mi lado y cuando me disponía a devolverlo al campo, Fillol me dijo: «Quedátelo pibe». Esa pelota, que había llegado a mis manos tras el último golpeo de Maradona en ese entrenamiento, todavía la conservo como una joya de colección.

Al día siguiente, aún con ese balón caído del cielo en mi cabeza, ví por primera vez a Maradona en un partido. No defraudó. El 10 de la Albiceleste dejó su primera huella en un Rico Pérez que se engalanaba para su debut en un Mundial. Y es que César Luis Menotti, seleccionador argentino, había elegido Alicante como sede de los campeones para el campeonato del año 82 que se iba a disputar en España.

Los primeros goles mundialistas de Maradona tuvieron como escenario el estadio Rico Pérez. Fue ante Hungría en un recital de Diego que días antes abandonó durante unas horas la concentración argentina en el hotel Montíboli de Villajoyosa para fichar por el Barcelona.

Con el equipo azulgrana también se enfrentó al Hércules. Fue en una eliminatoria de Copa en el año 84 que permitió al Barça llegar a una final de Copa ante el Athletic en el Bernabéu que terminó con una monumental tangana entre jugadores de ambos equipos.

En una de esas visitas a Alicante llegó a enfundarse la camiseta del Hércules, aunque fuera únicamente para una foto. Y es que gracias a aquel Mundial en el 82, los alicantinos pudimos disfrutar de un jugador único, tan enamorado del balón como peleado con la vida. Con tanta capacidad para hacer disfrutar a los demás como para hacerse daño a sí mismo.

Pero ni siquiera ese Maradona autodestructivo ha podido con la leyenda. Precisamente, por eso, en Argentina lo consideran Dios y le perdonan todos sus pecados. Porque, ante todo, prevalece siempre su grandeza como futbolista. Ese es el legado de alquien que no sólo cambió el fútbol, también un país al que dio vida tras años de oscuridad bajo el yugo de la dictadura militar o la Guerra de las Malvinas. Y al final, esa es la huella que deja Maradona.

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