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Diario deportivo de Alicante

El último toque de tambor en el Hércules de siempre necesita al alcalde de Alicante

J. A. SOLER / Empresario. Periodista. Accionista del Hércules.

Cuando llevas varias semanas de reclusión obligatoria por el dichoso virus -aprovecho para agradecer las múltiples muestras de apoyo y cariño en estos días- hay tiempo de sobra para reflexionar sobre multitud de cosas. Una de ellas es el Hércules, el equipo de fútbol de nuestra tierra. No es que sea lo más importante de la vida, pero si es lo más importante para algunos como yo de las cosas poco importantes de la vida.

Y no empecé a sentir en blanquiazul de niño porque ganara más o menos que otros, eso es secundario en el ADN herculano, simplemente me atrajo la adrenalina que producía aquella montaña rusa llena de sensaciones encontradas. Porque, como sucede en este tipo de atracciones, el vértigo, la velocidad, el riesgo, las inquietantes subidas, las eternas bajadas, los gritos de los que te acompañan y hasta el mareo final, cuando flotas y no sabes si reir o llorar, forma parte de su encanto. Y después, cuando se pasa el soponcio, repites viaje en plan masoca. Eso es el Hércules para mí. Algo irracional tan difícil de explicar como imposible de entender para la mayoría.

Desgraciadamente, aquella montaña rusa blanquiazul ha quedado reducida a un tenebroso tren fantasma en el que los pocos pasajeros que se resisten a bajar están condenados a permanecer en un oscuro túnel maloliente en cuya lejana salida les espera un siniestro personaje que les recibe a escobazo limpio. Al tiempo les recuerda que esa atracción es suya y nada más que suya. Faltaría más.

Puede que haya alguno que prefiera seguir subido en ese tren fantasma aún a costa de aguantar el olor a humo de puro y el maltrato de la escoba del tirano y acólitos. En cambio hay otros, como este insignificante juntaletras y accionista herculano, que siente añoranza de aquella estrambótica montaña rusa, que se averiaba más de la cuenta, pero de la que por lo menos no te avergonzabas por mucho que hubiera otras mejores y más grandes.

Tras este símil sobre lo que para muchos alicantinos pueda representar el Hércules de antes y lo que ha quedado de él, este domingo hay algo más que un partido de fútbol en Alicante. Este encuentro no va de goles. Va de otras cosas mucho más importantes. Va de recuperar el orgullo de ser herculano y, sobre todo, va de dignificar y liberar el nombre del Hércules, uno de los símbolos de la ciudad, de un secuestro de dos décadas al que hay que decir basta. Posiblemente, la última oportunidad.

El Hércules siempre ha estado por encima de todo, de jugadores, técnicos o directivos. Desgraciadamente, desde hace años, hay algo tóxico que está por encima de la institución y tiene nombre y apellidos. Ahora mismo, este símbolo de Alicante sólo representa vergüenza y toxicidad en grado superior, lo que también daña gravemente la imagen de una ciudad cuyo “dueño” es el mismo que ha convertido una institución centenaria en un bochorno permanente.

Y en este escenario la figura del alcalde de Alicante debe estar en primera línea porque el problema ha empezado a salpicarle y se ha dado cuenta. Por eso debe salir más que por defender una institución privada con mayor o menor calado social, en defensa de una ciudad que vive del turismo y lo último que necesita es tener elementos que ensucien su imagen.

Por eso mismo, estimado Luis Barcala, tu sitio está ahí, con nosotros, con los herculanos, con los alicantinos y no con quién abandera la vergüenza de Alicante. Al “dueño” del Hércules, y también de la ciudad, le importa entre poco y nada que vayan más o menos “locos con tambor” a la manifestación del domingo. Lo que le preocupa de verdad, y se ha delatado esta misma semana con un cutre comunicado, es que el primero de los alicantinos empiece a sentir que el olor a puro termine deteriorando su sillón en el Ayuntamiento.

Así que, alcalde, te esperamos para tocar un rato el tambor y decir basta a años de tiranía tanto en el Rico Pérez como en la ciudad de Alicante. Habrá tiempo para buscar una fórmula que permita una salida pactada como en su día la encontraron para que entrara. Pero antes, hay que disparar la última bala y la pistola está en el mismo sitio que cuando el Hércules deja de ser una privada sociedad anónima en campaña electoral para convertirlo en un patrimonio social de Alicante durante los días previos a las urnas. Aunque sea solo por eso, por un puñado de votos, los alicantinos y los herculanos te lo agradecerán.

PD: Después de cuatro décadas dando cobertura informativa al Hércules, he decidido que a partir del 1 de junio dejaré de hacerlo en este humilde medio digital o en cualquiera que requiera mi colaboración. El motivo queda explicado en este artículo, el último mientras nuestro querido equipo siga bajo el yugo del “amo” de Alicante. Eso sí, Macho Hércules siempre.


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