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Diario deportivo de Alicante

El epitafio del Hércules de Ortiz

J. A. SOLER / @jasoler65

Hace mucho tiempo que hablar o escribir del Hércules de Ortiz (no confundir con el Hércules CF) produce pereza y roza el asco para algunos. Normal con el permanente descrédito, vergüenza y desapego que desprende esta indecente e indignante obra de autor del incompetente más insaciable.

Porque la tragedia no es tanto bajar una planta más en el sótano del infierno, algo que parece insuperable. Tampoco lo es situarse más cerca de la última categoría del fútbol regional que de la Primera División. O que el eterno rival no pare de troncharse de la risa desde hace años con la tragicomedia que tiene a 20 kilómetros.

Ni siquiera lo es fichar a un fracasado director deportivo con plenos poderes que aceptó volver con quién le humilló y arrinconó no hace tantos años junto con Sergio Fernández. Y es que Carmelo del Pozo, además de fracasar con mayúsculas para lo que fue contratado, ha quedado retratado, más que por sus errores deportivos que deberían provocar su dimisióno destitución inmediata, por su falta de dignidad y credibilidad. Esos valores que tanto cuesta ganar y tan poco perder. Así le ha ido.

El Hércules de Ortiz (insistimos con la marca para diferenciar de lo que realmente queremos los herculanos) ha sido durante las dos últimas décadas una máquina implacable de autodestrucción sin precedentes en la historia del fútbol con tres concursos de acreedores, tres descensos, trece temporadas fuera del fútbol profesional, vergüenza nacional por presuntos amaños de partidos y, consecuencia de todo ello, caída sin freno a lo más bajo.

Con este caldo de cultivo, al que habría que añadir otros ingredientes como ausencia de presidente en los últimos años o utilización de tontos útiles con quién compartir el pago de la fiesta del despropósito, es imposible que pueda funcionar un club de fútbol, una SAD, una empresa, un juguete o lo que sea este adefesio para el listo inútil por mucho que se autoimponga insignias de oro por hacer supuesta historia en una institución casi centenaria.

Lo peor de todo es que al final ha tenido razón. Enrique Ortiz ha pasado a la historia de Alicante, eso sí, negra como el tizón, como sepulturero de uno de sus símbolos. Lo que no ha podido enterrar todavía es el sentimiento. Eso parece que perdurará para siempre esté donde esté el muerto. Como también permanecerá en la memoria de todos los herculanos quién se lo cargó.

Y no ha sido el Covid el culpable como insinúan ya desde el Rico Pérez al más puro estilo del insaciable. Todos sabemos que el virus mortal lleva metido en los pulmones del Hércules de Ortiz desde mucho antes de la penúltima apocalipsis blanquiazul. Eso lo sabe todo el mundo, hasta el creador de frases para la historia como aquella “me siento querido y los que me critican son sólo cuatro locos y un tambor”.

Está claro, la culpa fue del Chachachá. Mientras tanto, los monos, locos y tamborileros esperamos comiendo palomitas viendo que hace el incompetente insaciable con su juguete roto en mil pedazos y metido en la tumba. Menudo papelón.

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