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Diario deportivo de Alicante

Tiempo de recoger la siembra en la huerta del Hércules

JOSÉ F. PERSONAL / @jfpersonalcases

En el campo, como en la vida, todo tiene un tiempo. Antes de recoger el fruto, se han de sembrar las semillas. Y con mucho esfuerzo y sufrimiento, trabajar la tierra cada día. Después pueden haber circunstancias externas, como que una gota fría arruine la cosecha, o que a un sin hogar le toque la lotería de Navidad. Pero el trabajo y la constancia suelen ser, a largo plazo, el método más fiable.

En el fútbol sucede algo similar. Se hace la siembra anual, y en los albores del verano, se recogen los frutos. Como en los ejemplos anteriores, también hay excepciones: te puede tocar la lotería y ascender a Segunda con cinco entrenadores, como decía Fran Miranda en una entrevista a As en relación al Extremadura de la temporada pasada; o puede caer la tormenta, como cuando Javi Flores la tiró al palo, Ález Muñóz se resbaló, y Güiza no perdonó.

Con este Hércules sucede algo similar. Tengo la sensación de que Lluis Planagumà planificó la temporada con prismáticos, observando el duro final. Tras un comienzo de Liga genial, con cuatro victorias consecutivas, el equipo ha mantenido una línea constante. No ha barrido a nadie, pero tampoco le han barrido a él. No ha ganado fácil a ninguno, y siempre lo pone difícil, aún en la derrota. La siembra, el comienzo, fue ilusionante. Víctimas de esa ilusión generada, las expectativas altísimas que se crearon no se han cumplido, y lo que pudiera ser un escenario magnífico después de dos años sin play off, se está enrareciendo más de lo que debiera.

Yo el sábado salí del Rico Pérez con la sensación de que el partido ante el Lleida se gana nueve veces de cada diez. Bien es cierto que esa sensación la he tenido muchas veces esta temporada, síntoma de que algo se debe mejorar, porque no es normal no ganar haciendo tanto. Hay veces que el balón no entra, y eso todo lo mancha. Y hay otras que un futbolista golpea mal y acaba entrando, como en aquel despeje de Juanjo Nieto que se convirtió en gol en Villarreal en aquella racha que hablaba de un Hércules de récords.

Cambiar esa dinámica y recuperar la confianza debe ser el objetivo del Hércules para, no solo entrar en play off, sino también hacerlo con el temple del que llega con las cosas claras. Pero eso, con Benja en el campo, parece más fácil. El taconazo que dio a Chechu Flores pareció más propio del fútbol que se ve en la televisión que de este de Segunda B, tan alejado de los focos y el glamour.

El campesino Lluis y su cosecha

Planagumà no atraviesa su mejor momento desde que está en el Hércules. La cuesta de enero se superó pero dejó un poso de duda en el entorno y la afición. Hay decisiones que no se entienden, como sustituir a Fran Miranda y dejar a Carlos Martínez en el verde. Circunstancia que privó al Hércules de tener un balón que era todo suyo, y es que con Miranda jugando, o él mismo recupera pronto el cuero o hace que los compañeros lo hagan. Bien es cierto que a partido terminado es muy fácil decir esto. Tanto que si Carlos Martínez hubiera marcado el gol del triunfo aunque fuera de rebote no habría dudas con el cambio. Pero así es el fútbol. El resultado adjetiva todo.

Así es este deporte, capaz de que una eufórica afición cante al dios Mandiá en Luceros «nosotros te queremos, Mandiá quédate», tras ascender al Hércules después de seis años en Segundas B, como de cantarle al mismo diablo «Mandiá vete ya» 24 jornadas después, ya en Segunda División.

Objetivamente, veo un buen entrenador en Lluis Planagumà. Te podrá gustar o no, pero tiene una idea del juego y la defiende a ultranza. Su Hércules es reconocible, siempre mantiene la compostura,no se descose nunca. Y llegar a final de liga con la hoja de ruta clara en lugar de ir dando palos de ciego, aunque a veces se acierte, me parece positivo.

LLuis tiene 38 años, edad joven para un entrenador. Si tomara las decisiones adecuadas en el momento oportuno no estaría entrenando en 2B, estaría ya en su querido Espanyol en Primera División. Además, tiene hambre y ganas. Como tenía Arsenio Iglesias en los 70, Quique Hernández y Manolo Jiménez en los 90, o el propio Mandiá en la era milenian.

Es posible que en otro momento y circunstancia estuviera mucho mejor valorado, pero en su mochila porta el quemazón de cinco años en 2B y las altas expectativas que él mismo generó. Así es el fútbol, así es entrenar a un histórico. Cómo soportar el peso también forma parte del banquillo. Pero si su siembra y su trabajo ha sido buena, y esto yo no lo pongo en duda, es momento de que la inercia empiece a cambiar, el balón entre y los victorias lleguen.

Miguel Indurain, uno de los mejores deportistas españoles, tenía una filosofía, heredada del duro trabajo de su familia en tierras navarras: sembrar para luego recoger. La siembra de Planagumà está a punto de asomarse. Quiero ser optimista y creer que los frutos serán buenos. Ya habrá tiempo de quemar el campo si no es así. Pero de momento ya ha conseguido dos cosas: que se hable de fútbol, y que el Rico Pérez recupere la emoción. Parece que habrá jornadas de transistores. Puro fútbol.

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