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Diario deportivo de Alicante

Saccardi, un cacho del mejor Hércules

J. A. SOLER / @jasoler65 / Fotos: Colección Vicente Mestre

Ya no hay por el fútbol gente como Gerónimo “Cacho” Saccardi. Una institución tanto en su club de toda la vida, Ferrocarril Oeste, como en el Hércules en donde se convirtió en una pieza clave de aquel legendario equipo blanquiazul que se codeaba con los grandes.

Saccardi no era un futbolista al uso. Anteponía el sentimiento a cualquier otra situación. Un ejemplo claro de ello se produjo cuando, después de cuatro maravillosos años en Alicante, abandonó el Hércules para regresar a Argentina. Había recibido una irrechazable oferta deportiva y económica de Boca Júniors. El Cacho, que sentía devoción por Ferro, llamó al entonces presidente del club de la barriada bonaerense de Caballito para decirle que volvía de España.

Cacho Saccardi

Cuando fue traspasado al Hércules en 1975, el mandamás de Ferrocarril Oeste le pidió que si un día regresaba que le llamara antes. La oferta de Boca era infinitamente superior a la que le podía ofrecer su equipo de siempre, pero finalmente rechazó la propuesta de La Bombonera para volver a Caballito. Saccardi justificó su decisión en que no hubiera podido dormir de haber traicionado su sentimiento.

Así era el Cacho. José Rico Pérez sabía que Saccardi era la pieza que le faltaba a aquel Hércules de Arsenio Iglesias para terminar de consolidarse en Primera División. Rápidamente se implicó en el proyecto blanquiazul y enseguida se ganó el cariño de la afición alicantina. Su corpulencia no le restó calidad técnica a su fútbol. Y su personalidad en la cancha le dio un plus a un equipo que giraba en torno a él, como en Ferro.

Saccardi era como un tsunami sobre el césped que se llevaba todo lo que encontraba por su camino. Sus adversarios le temían, sus compañeros le adoraban, el fútbol le respetaba. Carmelo Héctor Giuliano, su inseparable amigo en el Hércules, sabía que delante de él tenía un seguro de vida. El volante de Caballito era el futbolista total. Ese que cualquier entrenador quería tener a sus órdenes. Tanto que César Luis Menotti no dudó en convocarle para la selección argentina que por entonces preparaba el Mundial del 78, el primero que conquistaría la Albiceleste.

Su portentoso físico también le permitió hacer goles. Tenía un poderoso disparo aunque en alguna ocasión utilizó la mano de Dios para enviar el balón a la red. Fue en un Hércules-Zaragoza en el Rico Pérez. Saccardi, competitivo como pocos, se tiró en plancha para rematar un balón de cabeza. No llegó con la testa pero sí con la mano. El esférico entró en la portería del fondo sur y esa acción originó una gran tangana. Lobo Diarte, delantero paraguayo del Zaragoza, terminó expulsado por agredir al Cacho que instantes antes le había reconocido con cierta sorna su remate con la mano.

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La capacidad competitiva de Saccardi no tenía límites. Su último partido con el Hércules fue otra prueba de ello. El Espanyol de Barcelona rendía visita al Rico Pérez, faltaban algunas jornadas para terminar el campeonato y el equipo alicantino estaba a una victoria de asegurar la permanencia. El Cacho había cerrado su regreso a Argentina para marchar de inmediato si lograba el triunfo en dicho encuentro. Hasta había sacado los billetes de avión. El Hércules ganaba 3-0 al descanso. Saccardi no salió en el segundo tiempo pensando que el choque estaba resuelto. Mientras se duchaba contemplando los pasajes del vuelo, el Espanyol empató a tres. Saccardi no daba crédito y se subía por las paredes del túnel de vestuarios.

Aquel 3-3 no retrasó el retorno del Cacho a su querido Ferrocarril Oeste en donde volvió a lucir la camiseta verde. En Caballito conquistó un histórico título liguero y también disputó la Copa Libertadores. En 1983 colgó las botas. El 4 de mayo 2002 un infarto puso fin a la vida de Gerónimo Saccardi. Se fue un cacho grande de la historia del Hércules. Otro enorme en la de Ferro. Pero sobre todo dejó una huella imborrable en el fútbol.

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