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Diario deportivo de Alicante

Los domingos

JORGE GARCIA GONZÁLEZ (Abonado del Hércules nº 2.482)

Últimamente los domingos ya no son como los de antes. Se me han quitado las ganas de este invento que han bautizado como redes sociales, de compartir, hasta me da pereza hablar de fútbol y mirar los resultados. Yo comencé a seguir al Hércules la última vez que abandonaba el túnel, cuando el equipo empezaba a ir bien, dirían algunos. Vi con mis propios ojos el fútbol de Segunda B, pero me hice aficionado de verdad el día que le remontamos al Alicante en el año 2005. Me hice tan aficionado que, nueve años después, todavía sigo renovando mi abono cada mes de agosto; incluso ahora que ya no vivo en Alicante.

La penúltima vez que fui al campo salí muy cabreado, maldiciéndome, sin ganas de volver. Sin embargo, la última vez, hace dos fines de semana, encaré el vomitorio y antes de conducirme hacía la puerta cinco eché la vista atrás como si aquel instante fuese un adiós para la eternidad. Pensé en mis ganas de volver a aquella grada, mayores incluso que las que tuve la primera vez que mi padre me llevó al estadio. Salí triste, intentando digerir que aquel quizás fuese mi último partido, asumiendo de nuevo el peaje por haberme marchado de mi tierra.

El Hércules se muere. Las lágrimas de Ismaelo, socio de toda la vida, me lo recordaban después en la puerta cero. “Veintiún años tirados a la basura”, se lamentaba. La afición, el único bastión que ha permitido que sobreviva este sueño desde los balones de trapo en el paseo de Gómiz hasta el Rico Pérez, hace tiempo que bajó los brazos cansada y apuñalada. Dijo “basta” mientras agonizaba alentando a peseteros, soportando a hijos de puta, leyendo y escuchando a buitres carroñeros, carcomida de contemplar los oasis de júbilo más allá de las fronteras de su desierto.

Qué lejos queda hoy el recuerdo del champagne en Luceros y el éxtasis en las calles de Campoamor y del Mercado. Han sido cuatro años oscuros, sin ningún resplandor de alegría y esperando a diario el golpe divino de la fortuna. Una permanencia rocambolesca, una oferta para cambiar la presidencia, una buena planificación deportiva, un equipo al que le pese la historia de la camiseta que suda… Los pobres tienen la desgracia de no poder elegir su destino, y nosotros ayer dejamos de ser ricos y nos tocará conformarnos con la caridad que nuestro sino nos guarde. Volvimos a ser pobres.

Y mientras tanto a un servidor solo le queda el oficio y las palabras para contar desde la meseta la rabia que siente de ver a su equipo como la arena fina que se desmorona cuando la intentas coger a puñados. Así se escribe la crónica del principio del fin: con lágrimas, con mal humor, con nostalgia, con banderas rojiblancas y los cláxones sonando de fondo en las calles de Madrid. Con otro domingo que no vuelve a ser como los de antes.

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