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Diario deportivo de Alicante

La peña del Chilindrón

J. A. SOLER / @jasoler65

Así es como llama Enrique Ortiz a su grupo de amigos y palmeros que por estas fechas suelen acudir en bloque a los Sanfermines y saraos de todo tipo. Hace unos cuantos años y en una de sus periódicas excursiones, se encontraron en una bodega riojana con Pocholo, todo un personaje de la farándula que por entonces protagonizaba con su popular mochila y una caravana a cuestas un conocido programa de televisión.

“Pocholo, soy el presidente del Hércules. Vamos a hacernos una foto”, le soltó Enrique Ortiz escoltado por los restantes componentes de la Peña del Chilindrón al miembro más mediático de la familia Martínez Bordiu. Todo un alarde de clase y categoría de quién se definía como algo que no era en la realidad -el presidente era otro-. Más o menos como ahora que actúa como dueño de algo sin serlo.

Viene esto a cuento porque, cualquiera que viera aquel programa hará unos diez años, pudo darse cuenta en qué manos había caído el Hércules. Sin el menor sentido del ridículo, Ortiz y la Peña del Chilindrón se fotografiaron con Pocholo en calidad de representantes de un símbolo de Alicante cuya imagen empezaba a tener el preocupante sello de este grupito de amiguetes y familiares.

Después del espectáculo dantesco que ha ofrecido el Hércules en estos últimos años y días, no hace falta sacar la lista, a uno le viene a la mente aquel episodio con Pocholo en el que Enrique Ortiz y su cuadrilla de palmeros quedaron retratados ante toda España. Y que la Peña el Chilindrón haga el ridículo con televisión de por medio es algo que a los alicantinos y herculanos nos importa bien poco. El problema aparece cuando el club se convierte en la tarjeta de presentación del grupito de amigachos.

Así, es normal que cada día monten un numerito. El próximo será, muy probablemente, la confirmación de la continuidad de las dos últimas incorporaciones de la Peña del Chilindrón, un anuncio que reactivará sin duda la campaña de abonos. Porque a esto ha quedado reducida una institución de la que se avergüenzan no solo los herculanos sino todos los alicantinos. Y a pesar de todo no hay ninguno con un mínimo de dignidad para bajarse de la caravana. Ya lo dice el lema: “Yo no me bajo”. Lo siguen a rajatabla. Ni siquiera con una mochila llena de escándalos que ha habría sonrojado hasta el mismísimo Pocholo.

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