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Diario deportivo de Alicante

Humberto, una leyenda eterna

J. A. SOLER / @jasoler65 / Fotos: Colección Vicente Mestre

El Hércules ha tenido a lo largo de su historia grandes porteros. Pérez, Pazos, Deusto, Amador, Tomaszewsky, Falagán… Varios de ellos fueron internacionales, alguno mundialista, pero ninguno con el carisma de un paraguayo que llegó a Alicante a finales de los años 60 para convertirse en una leyenda blanquiazul. Porque la imagen de Humberto cruzando de rodillas El Sadar de Pamplona forma parte de la historia de un club que no habría sido lo mismo sin “El Nene”.

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Iba para boxeador, llegó a ser escolta del dictador paraguayo Alfredo Stroessner y acabó debajo de una portería de fútbol. Su gran envergadura con interminables brazos y enormes manos le convertieron en un guardameta singular, único. Aterrizó en el Hércules por casualidad porque su destino inicial en España era el Granada. Sin embargo, Humberto se quedó finalmente en Alicante en donde terminó echando raíces. “Me gusta mucho Granada”, llegó a decir el primer día que pisó la terreta pensando que estaba junto a la Alhambra.

El Hércules se encontraba en Tercera División (entonces no existía la Segunda B) y el club blanquiazul vivía un momento convulso con Tomás Tarruella como presidente. Empezaba la temporada 69-70 y la afición herculana aún no se había recuperado del batacazo sufrido ante el Ilicitano, filial del Elche, en la anterior promoción de ascenso. El Elche en Primera y en una final de Copa, el Ilicitano en Segunda y el Hércules en Tercera al borde del abismo.

En ese escenario apareció Humberto en el Hércules. Con el portero paraguayo cambió la suerte del equipo blanquiazul y en su primera temporada hubo ascenso a Segunda División. Fue en Pamplona ante el Osasuna y Humberto cumplió su primera promesa de salir de rodillas del campo. Y lo hizo por enorme esfuerzo que suponía para él por los problemas que siempre tuvo en sus rodillas.

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Además de la imagen para la historia de El Sadar, aquella temporada también sirvió para descubrir el aplomo y seguridad de Humberto bajo palos. No se alteraba por nada, ni aunque le pitaran dos penaltis en un mismo partido, como en Novelda. Los dos los detuvo. Siempre transmitía tranquilidad y optimismo, algo que hacía mucha falta en aquel Hércules previo a la llegada de José Rico Pérez a la presidencia.

Llegaron al equipo alicantino porteros de reconocido prestigio como el vasco Zamora o el internacional argentino Santoro. Al final, terminaba jugando Humberto con sus blocajes a una mano, algo tan espectacular como inaudito. Todos sabían que El Nene en la portería era una garantía. Así llegó un nuevo ascenso en 1974. El escenario fue el mismo que en el 70, El Sadar de Pamplona, aunque en esta ocasión era a Primera División. Humberto volvió a salir de rodillas y su eterno recorrido quedó inmortalizado en la historia del Hércules.

Fue protagonista en la inauguración del estadio Rico Pérez y pieza clave en el legendario Hércules de Arsenio Iglesias que logró la mejor clasificación de la historia, un quinto puesto en Primera División. Con la llegada de Santoro y un año más tarde de Deusto fue cedido un año al Málaga. En La Rosaleda también dejó huella a pesar de lesionarse de gravedad en sus frágiles rodillas.

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En su última etapa como jugador, Humberto fue el portero del Hércules en aquella Copa en la que el conjunto de Arsenio Iglesias estuvo a punto de llegar a la final tras eliminar al Valencia y al Real Madrid. El Betis y una tanda de penaltis terminó con el sueño blanquiazul. También fue la última gran cita de El Nene sobre el campo.

Tras su retirada, se incorporó al cuerpo técnico del Hércules en donde alternó el cargo de entrenador de porteros con el equipo juvenil o filial. En diferentes ocasiones hizo de puente técnico en el primer equipo. “Soy indio, pero no tonto”, decía cuando le insistían en el club para que se sacara el título nacional de entrenador. Y es que Humberto sabía que ese dichoso carnet podía convertirse en la llave para salir del Hércules. Nunca se lo sacó. Nunca le echaron.

Con su humildad, honestidad, fidelidad y profesionalidad, valores que cada vez resultan más difíciles de encontrar en el fútbol y en la vida, se mantuvo hasta que un infarto se lo llevó al cielo en la concentración de pretemporada del verano de 2004. Hace casi 10 años de aquella triste tarde de agosto, pero Humberto sigue estando en el Rico Pérez. Su recuerdo es imborrable. Su leyenda eterna.

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