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Diario deportivo de Alicante

El auténtico virus del Hércules

J. A. SOLER / @jasoler65

Cuando al balón le da por no entrar aparecen todo tipo de virus en un equipo de fútbol. Y más en un club como el Hércules que ha ido incorporando peligrosas bacterias por todo su cuerpo durante los tres últimos lustros. Las desafortunadas, inoportunas pero, posiblemente, reveladoras declaraciones de Quique de Lucas no son más que la consecuencia de un escenario que se ha venido gestando desde arriba.

En febrero de 1997 el Hércules transitaba por Primera División. Quique Hernández también era el entrenador y el equipo blanquiazul había protagonizado una gesta en el Camp Nou que invitaba a soñar con la permanencia. Pocas semanas después del 2-3 en Barcelona, visitó el Rico Pérez el Real Madrid de Fabio Capello. En el descanso, un terremoto sacudió el vestuario visitante del estadio alicantino. El técnico italiano fulminó a uno de sus jugadores que, además, era el hijo del presidente.

El Hércules de Quique Hernández estaba poniendo contra las cuerdas a un conjunto repleto de figuras como Raúl, Mijatovic, Suker, Seedorf, Roberto Carlos y, junto a ellos, un joven llamado Fernando Sanz. Pues bien, Capello responsabilizó al hijo de Lorenzo Sanz del desastre defensivo de su equipo en el Rico Pérez y lo dejó en el vestuario tras los primeros 45 minutos. El Real Madrid terminó ganando con la mejor versión de Raúl y la Liga de ese año fue blanca gracias, también, a los dos triunfos herculanos ante el Barça. Pero Fabio Capello, que no fue políticamente correcto tomando determinadas decisiones, no continuó en el Bernabéu al año siguiente a pesar de conquistar el título liguero.

Puede que esta historia tenga algo que ver con lo que ocurre desde hace dos años en el Hércules por una situación de compromiso para cualquier entrenador que ocupe el banquillo del Rico Pérez. Tanto Javier Portillo como Fernando Sanz han demostrado ser grandes profesionales, pero sus vinculaciones familiares les han perjudicado más que beneficiado en momentos determinados de su carrera porque siempre habrá técnicos o compañeros que no los verán como un futbolista o un compañero más. Un club de fútbol no es como una empresa en donde el jefe coloca a su hijo o al yerno de turno y no pasa nada. Es otra cosa.

Si a todo ello se le añade que el jefe ha tenido que vender su alma al diablo para disponer de peones suficientes en la plantilla como peaje por los desmanes cometidos con anterioridad, es normal que aparezcan fuegos como el que ha provocado Quique de Lucas y antes Javier Hervás o Héctor Font. Jugadores a los que, en algún caso, se les ha abierto la puerta de salida aprovechando sus inoportunos deslices verbales. Es lo que se ha sembrado desde arriba y se ha consentido desde el banquillo. El resultado es un virus en el vestuario tan difícil de atajar como el que tiene el Hércules en los despachos desde hace 15 años.

Ayer fue Héctor Font, hoy Quique de De Lucas, mañana… Lo fácil será echar la culpa a los futbolistas, abrir expedientes disciplinarios y hasta mostrarles la puerta de salida. Lo difícil es explicar por qué el equipo alicantino acumula más de 50 jornadas en puestos de descenso entre las dos últimas temporadas. Eso tiene un responsable que lleva muchos años sembrando vientos para recoger ahora tempestades. Ahí es donde está el verdadero virus del Hércules.

 

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